🌋 VOLCÁN BATUR — BALI, INDONESIA | 1,717 m
Hay lugares que no visitas solamente con el cuerpo.
Alma Rosa
9/7/20263 min leer


🌋 VOLCÁN BATUR — BALI, INDONESIA | 1,717 m
Hay lugares que no visitas solamente con el cuerpo.
Hay lugares sagrados que parecen abrirse como portales para mostrarte algo que tu alma ya estaba preparada para ver.
Y para mí, el Monte Batur, volcán sagrado de Bali, Indonesia, a 1,717 metros sobre el nivel del mar, fue uno de ellos.
Desde que crucé las puertas que marcan el inicio del ascenso, algo cambió.
Sentí que mis piernas se volvían de concreto.
No podía avanzar.
Después de apenas 20 minutos tuve que detener al grupo. Mi cuerpo literalmente parecía decirme:
“No puedo sostenerme.”
Pero entendí que aquello no hablaba solamente de sostenerme de pie o de subir una montaña.
Hablaba de algo mucho más profundo:
ya no podía seguir sosteniéndome dentro de una estructura de mi vida que para mí había dejado de ser verdadera.
Hasta que mi cuerpo me obligó a hacer lo que quizá mi alma llevaba tiempo pidiéndome.
Caí de rodillas y dije:
“Dios, me rindo.”
Y cuando dejé de luchar, comenzó la magia.
Empezaron a llegar palabras que sentí profundamente dentro de mí:
“No tienes que demostrarle nada a nadie.”
Y casi inmediatamente aparecieron dos motocicletas de montaña ofreciendo llevarnos parte del camino hacia la cima.
La moto que llegó para mí tenía el número 222.
Sonreí.
¿Qué más señales quería recibir de que estaba divinamente acompañada?
Para mí, en ese instante, fue como escuchar a Dios diciéndome:
“No sufras. Estoy aquí. Yo te sostengo.”
Y comenzó uno de los recorridos más hermosos y llenos de adrenalina que he vivido: montaña arriba, atravesando los caminos del Batur en motocicleta.
Pero había otra enseñanza esperándome.
La moto era conducida por un hombre extremadamente atento y amable. Durante todo el trayecto sentí nuevamente esa energía masculina que no exigía, no empujaba y no pedía demostrar nada.
Simplemente sostenía.
Cuando llegamos todavía faltaban unos 15 minutos para alcanzar la cima.
Mi guía tomó mi mochila, que pesaba bastante.
Mi reacción automática fue:
“No te preocupes, yo puedo cargarla.”
Y nuevamente apareció el mensaje:
“Déjate ayudar. Ser vulnerable no te hace débil ni menos valiosa.”
Así que esta vez la entregué.
Y seguí subiendo.
Él estuvo pendiente de mí durante todo el camino, haciendo pausas cada vez que los calambres aparecían en mis piernas.
Entonces entendí que quizá esa montaña no había venido a enseñarme cuánto podía resistir.
Había venido a enseñarme cuánto podía permitirme recibir.
A sanar mi relación con el masculino.
A comprender que ser fuerte no significa hacerlo todo sola.
Que recibir ayuda no disminuye mi poder.
Que rendirme no siempre significa perder.
A veces, rendirse es dejar de luchar contra la manera en que Dios quiere sostenerte.
Finalmente llegué a la cima.
Poco a poco mi grupo también fue llegando y, antes del amanecer, estábamos nuevamente juntos.
Y entonces llegó el regalo.
El cielo comenzó a iluminarse sobre Bali.
Después de aquella prueba, estaba ahí, a 1,717 metros de altura, contemplando el amanecer desde la cima de un volcán sagrado, con un café caliente entre las manos y una compañía preciosa.
Y entendí que el verdadero logro no había sido llegar a la cima.
Había sido llegar hasta allí de una manera diferente:
Dejándome ayudar.
Dejándome cuidar.
Dejándome sostener.
El Batur fue una prueba, pero también fue un portal de sanación.
Ese día no conquisté una montaña.
Ese día me rendí.
Y en mi rendición descubrí que nunca había estado sola.
Gracias, Dios, por este regalo.
Gracias por enseñarme otra forma de fortaleza.
Gracias por sanar en mí una parte de lo masculino.
Y gracias por recordarme:
“No tienes que demostrarle nada a nadie.
Yo estoy aquí.
Yo te sostengo.”
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